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La “Francesada” (1808-1813) provocó la venta de los terrenos comunales y el empobrecimiento del municipio.

16/09/2021
La situación financiera obligó al Ayuntamiento a deshacerse de sus parcelas comunales en las que el municipio había desarrollado una importante política forestal desde tiempos inmemoriales.

"Francesada" (Atzo goizeko ipuinak, Jose Antonio Azpilikueta)

En 1808 Eibar sufrió la guerra de la Independencia cuando aún no se había recuperado de las consecuencias de la Guerra de la Convención. La invasión napoleonica añadió un gasto más a los ya existentes. El general Thouvenot, que en 1810 fue nombrado gobernador del Gobierno de Bizkaia mediane un  decreto de Napoleón I, requirío a los municipios de Gipuzkoa dos millones de reales, correspondiendo a Eibar el pago de 4.501 reales. En la caja del Ayuntamiento no había tanto dinero, y el municipio prefirió vender terrenos comunales antés que establecer un nuevo impuesto a la población, por lo que los gastos de la guerra  se pagaron mediante la venta de terrenos comunales.

A pesar de que los suministros estaban garantizados, los pueblos de Gipuzkoa tuvieron que pagar los impuestos establecidos por la administración francesa. Hacia 1811, Eibar debía pagar 30.912 reales en cuatro plazos. Dado que el Ayuntamiento no disponía de dinero y nadie estaba dispuesto a adelantarle, decidió despojarse de la propiedad de sus parcelas comunales, en las que el municipio, desde su fundación, había desarrollado una importante política forestal.  El valor de las parcelas comunales vendidas en Eibar entre 1808 y 1814 fue de 500.000 reales.

Si bien el procedimiento concreto para la materialización de las ventas de terrenos de la localidad se estableció en las Juntas Generales de Elgoibar en 1808, la competencia para materializar las ventas quedó en gran medida en manos de las autoridades locales. Sin embargo, según algunos historiadores, la intervención de las autoridades provocó una serie de injusticias. En base a  la normativa, los terrenos a vender debían ser tasados por dos peritos que no eran ciudadanos. El precio de la tasación no podía ser inferior al producto de la renta que producían los terrenos por 18, y el de remate, menos de dos tercios de la tasación. Y necesariamente tenían que ser vendidos en subasta pública. Pero parece ser que en no todos los casos se hizo de esa manera.

En Eibar, la mayor parte de las tierras desamortizadas se vendieron al precio tasado. En tres casos, las ofertas de los compradores superaron la tasación; en otros seis, los bienes del municipio se vendieron por debajo de la tasación. Por lo tanto, se puede concluir que las parcelas del pueblo de Eibar se vendieron por debajo del 12,8% del valor tasado.

El proceso de desamortización afectó especialmente a las clases más pobres. La venta de los bosques y parcelas comunales a manos privadas atacaba directamente a sus condiciones de supervivencia: la madera se recogía en el bosque para encender el fuego; las castañas se convertían en alimentos esenciales cuando las cosechas erán malas; los animales de los que no disponían de tierras pastaban en terrenos comunales y hasta podían crear algún pequeño huerto en las laderas; en el bosque se podían encontrar el heno, helecho, y las hojas necesarias para los abonos... De la mañana a la noche, la pérdida de los terrenos comunales, que hasta entonces eran utilizados libremente, puso en peligro la vida de mucha gente, tal y como denunció el representante de Elgeta en las Juntas Generales de 1816.

Por otro lado, la privatización de estos terrenos provocó conflictos entre los nuevos propietarios y los usuarios de toda la vida. Los nuevos propietarios tenían prohibido hacer cercados cuando obstaculizaban los caminos de personas y animales. Pero en la práctica no cumplieron dicha condición lo que provocó una serie de incidentes. Otra consecuencia fue la destrucción de la masa forestal, ya que los nuevos propietarios talaban los  árboles para, además de beneficiarse a corto plazo,  demostrar que esos terrenos eran de su propiedad.

La situación era insostenible para la primavera de 1811: al perjuicio causado por la desamortización a los sectores más vulnerables se añadió el estancamiento de la producción de armas. Los habitantes más pobres del centro de la ciudad, en el que el 1/7 de la población era ya “pobre de solemnidad”, querían salir del pueblo azuzados por el hambre. Pero los franceses tenían prohibido salir del pueblo. Como consecuencia de ello, antes de que los 400 pobres que había en el municipio perecieran de inanición, el Ayuntamiento solicitó a la Diputación un real diario para estas personas.

Todo eso queda reflejado en el libro Debarroko oasi liberala de Gotzon Iparragirre, que muestra la destrucción y el dolor que provocan las guerras.

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